Tal
y como planteó Thoreau en su huida al bosque de Walden, en nuestros días no
tratamos mucho con judías. Los bosques han sido taladrados para levantar las
ciudades, de modo que las generaciones que vivían cerca de la naturaleza, en
campos o aldeas, cultivando la tierra y comiendo de ella, ya se han extinguido.
Vivimos en urbes donde ni siquiera crecen las malas hierbas. En su novela
Contra el cambio, el escritor Martín Caparrós dice que “la naturaleza está en
los geriátricos del mundo –y sus hijos hacemos lo posible por mantenerla e ir a
verla y a veces, incluso, nos gusta lo que vemos”.
Así
que, separados del mundo vegetal y animal, visitamos los parques y los jardines
con intermitencia. En estos reductos naturales, el tiempo no sigue el reloj
mecánico de la ciudad sino el ritmo cíclico de las estaciones y del crecimiento
vegetal. Igualmente cambia el punto de vista: los árboles apuntan al cielo.
Cuando el paseante penetra en este tiempo y en este lugar apartado, se abstrae
del torbellino productivo y mercantil. Ha dejado atrás el asfalto y el ruido
del tráfico para pisar la tierra y otorgarse a sí mismo una tregua. En el siglo
XVII, habilitar una parcela de tierra y cultivarla constituía un intento de
volver al edén. Puede que todavía hoy los visitantes de los parques urbanos
persigan esta idea paradisíaca de belleza natural y tiempo eterno.
Para
pasar de la contemplación al cultivo hay que dar un paso. Pero son cada vez más
numerosos los casos de habitantes de ciudades que, solos o en grupo, se
apropian de terrenos abandonados en sus barrios o en las zonas limítrofes de la
urbe para cultivar un jardín o un huerto. Uno de los efectos de esa acción es
que estos jardines urbanos espontáneos humanizan el paisaje. También despliegan
una importante labor educativa, porque enseñan el respeto del entorno, el
cuidado del espacio común, fomentan el encuentro entre los vecinos de un barrio
y, en ocasiones, hasta posibilitan la creación de redes sociales y de
autogestión.
El
término cultura proviene del latín cultus, que significa el cuidado del campo.
Fue en el siglo de las luces (siglo XVIII) cuando apareció el significado
metafórico del cultivo de la mente, oponiendo naturaleza y conocimiento. Alexandra
Baurès, comisaria de exposiciones
En
la última edición de MAPAMUNDISTAS, se ha querido recuperar el origen
de la palabra cultura, su raíz terrenal. Revindicando el gesto diario del
cultivo, sea en la parcela comunitaria del barrio, sea en el “jardín” interior
de cada uno (como espacio íntimo de creación y conocimiento). Porque el cultivo
implica cuidado, esmero, atención, lentitud, aprendizaje, crecimiento e
invención. Así, ser humano, bosques, hierbas, hábitat, arquitectura, ciudad,
memoria, presente y lenguaje se unen en las propuestas artísticas que conforman
la muestra Cultiva tu jardín.
Sólo el que ama está solo from Estudio Pep Carrió on Vimeo.




No hay comentarios:
Publicar un comentario